Libres mentiras
Insistentemente
el vulgo repite el mantra "¡Soy libre!". ¿Realmente lo
sois, vástagos desdeñados por vuestra madre Libertad? ¿Acaso os
creeis esa patraña? ¿Tan ciegos estáis que no veis que esclavos
sois? Sí, sois esclavos. Pero, ¡ah!. No lleváis pesadas cadenas de
hierro. He ahí la diferencia. Lleváis pesadas cadenas morales. Pero
no estáis condenados: estáis predestinados; ligados a una
posterioridad incierta. Vuestro oscuro futuro ya está escrito; pero
no por vosotros, insípidos humanos, sino por ellos. Por
aquellos que os hacen creer libres dentro de una jaula. Aquellos que
os cortan las alas para que jamás podáis volar. Pero pedidles
justificación de vuestro cautiverio. ¿Os la darán? Obvio parece
que no. ¿Por qué? Porque no veo, no veis, no vemos que estamos
atados, y es imposible luchar contra aquello que se ignora. ¿Cómo
pretedemos medrar, avanzar y progresar y si somos nosotros mismos
quienes nos ponemos la venda en los ojos ante el pelotón de
fusilamiento y obligamos con un grito a que nos den el tiro de
gracia? Entes dotados de razón,
abrid los ojos, quitaos el jirón y juntos disparemos al opresor de
nuestra libertad. Pero para valernos por nosotros mismos, sin una
persona que nos dirija, hemos de tener una sola cosa: razón ¿Acaso
una libertad que no es guiada por la razón no es la peor de las
esclavitudes?
Pero
la más penosa de las desgracias, el carecer de razón y libertad,
pasa desapercibida por la ruidosa multitud ("Alguien
que grita es incapaz de pensar sobre asuntos sutiles",
decía Nietzsche).
¡Pero qué más da! ¡Tenemos panem et circenses!
Encendamos las televisiones, atiborrémonos a transgénicos y tapemos
así los silencios de nuestra vacía existencia. La verborrea absurda
del televisor consigue imponerse a nuestros incómodos ecos
interiores que reclaman libertad y razón. ¡Dejémonos, pues,
manejar! ¿No es, acaso, más fácil?. Ya dijo Nietzsche que "sólo
escuchamos preguntas para las que somos capaz de encontrar
respuesta". Y así es como nos encontramos, sordos ante nuestra
alma que grita y pide las respuestas de su injusto cautiverio.
Uno
no se pone debajo del yugo si no quiere. Pero, ¡ah!, resulta una
verdad tan incómoda esa que nos hace darnos cuenta de que nosotros
somos los únicos responsables de que esa venda cubra nuestros
ojos... Es más cómodo sentarse, hacer lo que la gente
considera normal y decir (y por tanto, asumir) que nuestros estragos
vitales son culpa de otro. Un otro lejano
y abstracto que sin embargo conocemos demasiado bien, pues somos
nosotros mismos los que cerramos el candado de nuestras cadenas y
acto seguido tiramos la llave libertadora a lo más profundo del
negro abismo. Oscuro y plúmbeo socavón, cuya negra vestidura cosida
está por la ignorancia y confeccionada por la desidia, en el que la
única luz salvadora es la que irradia la razón. Razonemos y,
consecuentemente, espantemos al fantasma de la
ignorancia. No hay mayor libertad que la que da el conocimiento.
Aquel que sabe, que conoce, que tiene un criterio ante la vida no
caerá tan fácil, aunque su caída inevitable ya esté rubricada por
las parcas. Todos y cada uno de nosotros, atribulados humanos, y
todos los que han venido y vendrán, sucumbirán ante las garras de
Plutón y Tánatos tanto física como moralmente. Nadie ha llegado,
ni llegará, a un grado de perfección moral tal que sea digno de
perdurar para siempre. Pero por una razón simple: la innata
estupidez humana. Los hombres han creado y producido las más bellas
obras de arte, los mejores libros y las más altas divagaciones
morales, pero su carácter animal, instintivo y egoísta
está latente, cual corazón delator, en
cada uno de sus actos.
Racional
o irracional, la raza humana tampoco puede ser libre como
consecuencia a su esencia impuesta, prácticamente carente de
cualquier atisbo de libertad. Nietzsche ya lo apuntaba: no seremos
libres hasta que dejemos de sentir vergüenza de nosotros mismos. No
se trata de dejar de sentir pudor hacia nuestra absurda especie o nuestros actos, sino
de dejar de intentar vivir como aquello que no somos y, de una vez, ser como
aquello que verdaderamente nos define y que está oculto por nuestra
transitoria fachada, ahora en ruinas.