jueves, 5 de enero de 2017

El Día de Año Nuevo

  El Día de Año Nuevo

Año Nuevo. ¿Y qué? Sólo hemos pasado de un frío diciembre a un gélido enero. Nada nuevo. Un toque de campanada es lo único que os hace recobrar la ilusión. ¿Ilusión? Hace ya tiempo que la perdí. La perdí ante la vida y la perdí ante ti. Tú, mi yo descarrilado. Yo, tu yo perdido. Nos conocemos, hablamos, reímos, sentimos, todo esto juntos, ¿y para qué? Para que yo me ilusione, me vea contigo por siempre, viviendo de tus cálidos besos y burlándome de la vida yendo cogido de tu mano, y tú, de repente, sin motivo comprensible, desaparezcas, te esfumes, no dirijas más tus livianas pero sanadoras palabras hacia mi alma. Aún no has volado de mi mente ni de mi vida, pero lo harás. Tengo esa certeza. No eres el primero que lo hace, tranquilo. Tampoco serás el último. Eres perfecto, sí, lo eres. Lo eres en todos y cada uno de los sentidos, pero sobre todo lo eres en uno: eres perfecto para hacer que pierda la ilusión si algún día te pierdo a ti. Sobreviví, es cierto, a otras desilusiones. Pero tu desilusión no va a ser como las demás. Simplemente, porque no eres como los demás.

Perfectamente podrías ser ese billete de tren que me lleve lejos, muy lejos. Que me lleve a conocerte, que me lleve a conocerme, que me lleve hacia donde realmente quiero ir. Pero tú eres el maquinista y tú decidirás tarde o temprano que el tren ya ha llegado a su destino sin ni siquiera haber salido de la estación.


Pese a eso, feliz viaje. Feliz año. Te quiero, aunque ojalá nunca te hubiera conocido, sé que perderte me va a doler más que perder a nadie.  

martes, 6 de diciembre de 2016

Angustia

Angustia


¡Qué angustia! ¡Qué desesperación! ¡Qué agobio! Siento opresión en la cabeza. Frío y a la vez calor. Aburrimiento ante la vida. No paro de moverme por toda la habitación, inquieto, sin saber qué hacer, sin rumbo. Mi respiración agitada me estresa, pero no puedo detenerla. No puedo dormir, no puedo concentrarme; no puedo hacer nada. Mis rápidos pies van acompasados con mis veloces pensamientos. Pasan, pasan, pero ninguno da respuestas. Una sensación insoportable me invade el cuerpo ¿Qué es lo que siento? Imposible describirlo. Una tensión interior me impide pensar por claridad. Mis dedos golpean con fiereza las teclas del teclado mientras se retuercen en cuanto tienen tiempo. Miro una a una las cuatro esquinas de la habitación, esperando, en vano, encontrar allí respuesta a algo. No puedo más. Me levanto una vez más y al mismo tiempo que proyecto un grito a las esquinas, sin razón alguna, de un impulso lanzo al suelo todos los libros de la estantería, acto tras el cual me arrodillo con las manos en la cabeza a la vez que golpeo el suelo con los puños. ¿Es rabia contenida? ¿Algo reprimido dentro de mí? Yo que sé. Sólo quiero que esto se acabe ya. Ojalá vuelva a ser el alegre y vital chaval que era antes.

domingo, 4 de diciembre de 2016

La Cascada

La Cascada


El humano cae de la vida como la hoja cae de la rama. Infinitos vientos balancean el inestable árbol y hacen desprendernos dolorosamente, lanzándonos a la deriva, viendo como caemos hacia ningún lado. No hay arriba, no hay abajo. Sólo sentimos caer. Nos desprendemos de nuestra madre al nacer, nos desprendemos de nuestra esperanza al vivir. Una huracanada corriente nos llevará, sobrevolando la existencia, hasta un tranquilo río que nos apaciguará, mas temporalmente será, pues la cascada del final nos espera. Tras la cascada: oscuridad, alegría, vacío, felicidad, hastío, ansiedad, calma, angustia, decepción, éxtasis,... Muerte.  

¡Campanas, tañed!

¡Campanas, tañed!

Abrí la ventana. Una multitud, entre la que distinguía a amigos y conocidos, se dirigía en sepulcral silencio hacia las afueras de la ciudad. Una poderosa nube se cernía sobre el cerro en el que descansaba el cementerio. A medida que la masa avanzaba sus rostros se desfiguraban, conviertiéndose, con el pasar de sus pasos, en meros esqueletos desnudos ataviados con jirones de carne. Bajé a la calle. Corrí tras ellos como pude, pues el caminar de aquéllos era veloz. Cuando a su altura me fue posible ponerme, les llamé por sus nombres. Les gritaba. Les imperaba atención. Pero el mismo silencio del principio se imponía a mis desesperados gritos. Llegaron finalmente, con su paso raudo e inexorable, a lo alto del cerro. Las puertas de la necrópolis se abrieron con un estridente rechinar. Uno a uno fueron ocupando, en los nichos, huecos y tumbas que sobre la triste hierba del recinto se agolpaban, sus respectivos ataúdes. En letras negras sobre la madera se recitaba el nombre de cada uno. Vi uno vacío en una esquina. Tenía mi nombre, además de una fecha: la del día de mañana. Aterrado, grité. Bajé corriendo, tropezando con todo lo que a mi paso encontraba.

No podía ser cierto aquello que veía. ¡Me negaba a asumirlo! Calles vacías, casas deshabitadas, plazas desiertas. ¿A caso era el único que no estaba ya ocupando su lecho eterno? No había nadie en toda la ciudad, sólo yo.


Retomé las escaleras de mi oscura casa, pues ya era de noche. Sobre mi escritorio, en el que había escrito las más excelsas declaraciones de amor, las más preciosas palabras y los más bellos versos, se hallaba una pequeña pistola. Sólo una bala había. Al lado, a escasos centímetros, se extendía una nota. Me acerqué y distinguí que aquella era mi impoluta caligrafía cursiva. Tu féretro te aguarda, las campanas que oyes por ti ya doblan. ¡Qué estúpida broma era aquella! ¡Qué desalmado la había hecho! Rompí la nota y un millón de pedazos de papel cayeron al suelo. Abrí la ventana y el afilado campanario de la iglesia llamó mi atención. Con una solemnidad imponente la campana empezó a tañer. Eran las doce de la noche. Tan. Primera campanada. Tan. Cerré la ventana, con la esperanza de que no se oyera la tercera. Tan. ¿Se acercaba mi cuerpo a su caja final?. Tan. Callé, con la esperanza de que no fuera aquello más que un fatal sueño. Tan. Tan. Tan. Más de la mitad ya estaban cumplidas. Tan. Abrumado, me senté en la silla del escritorio. Tan. Rompí a llorar desesperado, pues vi reflejado en un espejo mi espectral entierro. Tan. Veía horrorizado cómo el badajo azotaba los bordes de la campana. Tan. Cogí con rabia el arma, pues no quería escuchar ni un solo sonido más. E iban ya once. ¡Pam! No escuché ninguna campanada más, pues el resoplar de la pistola en mi cabeza ocultó aquel fatídico cantar.  

martes, 29 de noviembre de 2016

Conciencia

Conciencia

Dentro de mi cabeza se agolpaban los más horribles pensamientos que jamás tuve. Le miraba fijamente. Mis ojos marrones, con las pupilas extraordinariamente dilatadas por la bella situación que imaginaba, se fijaban en cada parte de su cara pegada a ese jadeante cuerpo. Su nariz aguileña me enervaba, sus rasgos chulescos sacaban lo peor de mí, y lo que más detestaba eran sus horribles ojos grises, los mismos que me vieron sufrir y no fueron capaz de ayudarme jamás.

Ahora él estaba ahí, tirado en el suelo, ensangrentado a causa de los feroces golpes que le di sin parar. El odio que sentía hacia aquella persona era inefable, indescriptible. No creo que haya palabra lo suficientemente vil que sirva para representar la mínima parte de mis pensamientos en aquel momento. Estaba pidiendo clemencia, piedad, perdón; cuando él jamás tuvo de eso. Vi en sus ojos el miedo, la inseguridad y la desesperanza que él mismo ignoraba de aquellos a quienes robaba, a quienes maltrataba, a quienes violaba. Se merecía la peor de las muertes. 

Le asesté una patada fortísima en la cabeza, con la que seguramente le dejé inconsciente. Me di la vuelta en dirección a mi mochila y saqué de ahí una pistola, cuyo brillo metálico relucía bajo la luz de la luna. La cargué con una única bala y la guardé en mi bolsillo. Le agarré del pelo, le giré la cabeza y le puse bocabajo. De nuevo, la saqué. Apunté con los brazos rígidos a la parte superior de su nuca cuando de pronto comenzó a llover. El frío resplandor de la pistola desapareció mientras yo seguía inmóvil, apuntando a su cabeza. Un ligero movimiento de mi dedo separaba su vida de su muerte.
Estaba allí y aquel era el momento idóneo. Él, indefenso; yo, armado y cansado de su existencia. Pero no pude. Mi estúpida moral, la cual defendí durante años férreamente, me impedía hacerlo. Lancé al cielo un grito de furia e impotencia que me desgarró la garganta.

En un infinito y misericorde acto, me marché; no sin antes propiciarle un severo golpe en la cara mientras la lluvia mojaba su cuerpo lleno de sangre.


Desde aquella noche no le volví a ver. Me mudé a la mañana siguiente a una ciudad cercana, aunque lo suficientemente lejos, y jamás oí nada acerca de la paliza en los informativos. He de suponer que sobrevivió, puesto que es lo que siempre hace el mal. Durante mucho tiempo tuve pesadillas noche tras noche, pero ninguna relacionada con el incidente. Supongo que mi conciencia estaba tranquila.  

lunes, 28 de noviembre de 2016

Bola De Cristal

Bola De Cristal


Crucé fugazmente mi mirada por encima de una caja del desván. Entre todo aquel polvo, que delataba la poca actividad allí habida durante bastante tiempo, me fijé esa caja que, a diferencia de las demás, parecía nueva, pues no tenía ni manchas ni de humedad ni de polvo. Me acerqué y la abrí. Hurgué entre objetos banales hasta que mis manos tocaron algo que desde mi infancia no veía. Era una bola de cristal con un muñeco de nieve dentro, la cual al agitarla parecía que nevaba. Nada más agitarla recordé que de pequeño de aquel blanco muñeco siempre sentía compasión y lástima, pues él estaba ahí, solo, sin nadie más, pasando frío entre tanta nieve. Me senté en el suelo del desván y sostuve con los ojos tristes la bola de cristal, pues en ese momento me sentía como mi amigo de nieve: solo, pasando frío entre tanta gente gélida y olvidado en el fondo de una caja de cartón, a la espera de que por casualidad alguien me encontrase.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Gota De Luvia

Gota De Lluvia


Era aquel día otro como tantos: un día de mierda. Inexorable e involuntariamente había dañado a alguien a quien quería. Inmensamente deprimido, salí a la calle, pues me agobiaba en aquel zulo que era mi casa. 

De repente, una gota de lluvia cayó sobre mi zapatilla. Bajé la mirada y allí estaba el rastro mojado que auguraba una tarde lluviosa como otras tantas aquel mes. Paré mi caminar y contemplé la marca que la gota había dejado impresa en la tela azul de la zapatilla. La forma que allí había era bellísima, totalmente simétrica, como si un demiurgo hubiera estado colocando cada átomo de la gota para que al caer formase esa bella estampa para mí. Y, sin saber por qué, aquella insignificante gota produjo en mí una cierto sentimiento de esperanza y puede que una cierta alegría; cosas que hacía demasiado tiempo que no sentía.

Mientras contemplaba aquella visión casi onírica, un ruidoso trueno desvió mi atención y me obligó a alzar la cabeza. Nubes negras, como lo más profundo del alma de algunas personas, se arremolinaban encima de mí. De pronto, sin que lo esperase, en una fracción de segundo, empezó a llover de manera colosal. Notaba cómo las gotas golpeaban violentamente mi rostro y algunas se colaban dentro mi ropa. Al sentir cómo caían cerca de mis pies, me acordé de la primera gota. De nuevo bajé la cabeza y un sentimiento de decepción y pesadez me invadió al ver que su perfecto dibujo había quedado oculto por la constante caída de más y más gotas sobre mi zapatilla. Sentía un frío enorme, pues la gélida lluvia me estaba calando. 

“Qué fugaces son los momentos de alegría”, pensé con tristeza. Y con paso lento avancé hasta un banco de madera cercano; me senté y, mientras la intensa lluvia seguía mojándome el pelo, la ropa y el alma, agaché la cabeza y comencé a llorar. Mis pesadas lágrimas caían y quedaban camufladas al ser ahora parte del río que formó aquella fría lluvia de noviembre.

Tiempo A Solas

Tiempo A Solas

Todos necesitamos tiempo a solas. Yo no lo necesito porque esté disgustado con alguien, porque me haya cabreado o porque me haya levantado con el pie izquierdo esta mañana. Necesito estar un tiempo a solas, junto a mi soledad, porque siento que me he perdido. No sé qué rumbo tomar, qué decisión escoger ni por qué sendero transitar. Estoy en una encrucijada vital y necesito tiempo para pensar qué repercusiones van a tener en mí y en los demás mis decisiones. ¿En los demás? Llevo demasiado tiempo pensando en los demás, dando todo de mí sin recibir nada e ignorándome a mí mismo, y a lo mejor es por eso por lo que me encuentro perdido y vacío. ¿Es hora ya de dejar de pensar en los demás y ser un ser egoísta, como lo es todo el mundo? Tampoco lo sé.

Hay momentos en los que ni siquiera sé quién soy: no sé qué me define, qué me diferencia, qué me gusta, qué odio.

He de reconocer que me da miedo equivocarme en la decisión que escoja, y esto me genera una angustia indescriptible. La he jodido muchas veces y creo que la volveré irremediablemente a joder una vez más. Mi destino es así. Pero, ¿qué hacer?. No hay una respuesta. A lo mejor acierto, a lo mejor me confundo. Hasta que no tome la decisión estaré perdido.

Hasta que me vuelva a encontrar fingiré estar feliz delante de los demás, llegaré a mi habitación, me cubriré con el manto de la tristeza, veré resbalar las gotas de la fría lluvia de noviembre por mi ventana, me tumbaré boca abajo en la cama sintiendo mi pesado respirar e iré viendo cómo de lento pasa el tiempo sin que aparezca respuesta alguna.


A lo mejor nunca me llegaré a encontrar y habré desperdiciado, por tanto, mi vida. Eso tampoco lo sé.  

jueves, 24 de noviembre de 2016

Sinfonía Vital

Sinfonía Vital

Era aquella una aburrida tarde de noviembre. Creo recordar que era jueves, pero daba igual el día que fuera pues todos los días me parecían iguales, como si se repitieran cíclicamente una y otra vez a lo lo largo de los años.
Me tumbé pesadamente en la cama y dejé puesta la lista de reproducción de mi música en el ordenador. Tras algunas canciones lentas, e inspirado por el eterno aburrimiento, me quedé dormido. Tiempo después, unos intensos compases me despertaron. Música celestial llegó a mis oídos. Era el segundo movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, mi canción favorita. Una mezcla de éxtasis y felicidad invadió mi cuerpo en forma de un escalofrío que puso de punta todos los pelos de mi cuerpo. Percibía cada compás, cada nota, cada redoble en mi alma con una intensidad orgásmica... pero pese a que estaba oyendo la que era la más magnífica de las obras, las más excelsa de las composiciones, sentía que ya la había oído demasiadas veces. Sabía perfectamente qué iba después de cada nota, nada era nuevo para mí. Hubo un momento en el que pensé: odio esta estúpida canción. Sin saber todavía por qué, hastiado ya de la estridente melodía, me levanté y apagué los altavoces. Tras un instante de reflexión, volví a la cama en silencio y con la cabeza gacha. Me quedé mirando al techo con infinita tristeza y empezaron a brotar un millón de lágrimas de mis ojos, pues en ese momento descubrí que de lo que estaba harto no era de aquella colosal sinfonía, sino que lo que odiaba, hastiaba y me repelía era la monótona y aburrida vida.
De pronto, oí pasos. Sequé como pude aquel mar de lágrimas que cubría mi rostro y acto seguido mi madre abrió la puerta de la habitación. “Hola, Jorge, ¿qué tal estás?”, preguntó. “Muy bien”, respondí. “Estoy escuchando mi canción favorita”. Y una fugaz lágrima rodeó mis labios. 



Libres mentiras

Libres mentiras

Insistentemente el vulgo repite el mantra "¡Soy libre!". ¿Realmente lo sois, vástagos desdeñados por vuestra madre Libertad? ¿Acaso os creeis esa patraña? ¿Tan ciegos estáis que no veis que esclavos sois? Sí, sois esclavos. Pero, ¡ah!. No lleváis pesadas cadenas de hierro. He ahí la diferencia. Lleváis pesadas cadenas morales. Pero no estáis condenados: estáis predestinados; ligados a una posterioridad incierta. Vuestro oscuro futuro ya está escrito; pero no por vosotros, insípidos humanos, sino por ellos. Por aquellos que os hacen creer libres dentro de una jaula. Aquellos que os cortan las alas para que jamás podáis volar. Pero pedidles justificación de vuestro cautiverio. ¿Os la darán? Obvio parece que no. ¿Por qué? Porque no veo, no veis, no vemos que estamos atados, y es imposible luchar contra aquello que se ignora. ¿Cómo pretedemos medrar, avanzar y progresar y si somos nosotros mismos quienes nos ponemos la venda en los ojos ante el pelotón de fusilamiento y obligamos con un grito a que nos den el tiro de gracia? Entes dotados de razón, abrid los ojos, quitaos el jirón y juntos disparemos al opresor de nuestra libertad. Pero para valernos por nosotros mismos, sin una persona que nos dirija, hemos de tener una sola cosa: razón ¿Acaso una libertad que no es guiada por la razón no es la peor de las esclavitudes?

Pero la más penosa de las desgracias, el carecer de razón y libertad, pasa desapercibida por la ruidosa multitud ("Alguien que grita es incapaz de pensar sobre asuntos sutiles", decía Nietzsche). ¡Pero qué más da! ¡Tenemos panem et circenses! Encendamos las televisiones, atiborrémonos a transgénicos y tapemos así los silencios de nuestra vacía existencia. La verborrea absurda del televisor consigue imponerse a nuestros incómodos ecos interiores que reclaman libertad y razón. ¡Dejémonos, pues, manejar! ¿No es, acaso, más fácil?. Ya dijo Nietzsche que "sólo escuchamos preguntas para las que somos capaz de encontrar respuesta". Y así es como nos encontramos, sordos ante nuestra alma que grita y pide las respuestas de su injusto cautiverio.

Uno no se pone debajo del yugo si no quiere. Pero, ¡ah!, resulta una verdad tan incómoda esa que nos hace darnos cuenta de que nosotros somos los únicos responsables de que esa venda cubra nuestros ojos... Es más cómodo sentarse, hacer lo que la gente considera normal y decir (y por tanto, asumir) que nuestros estragos vitales son culpa de otro. Un otro lejano y abstracto que sin embargo conocemos demasiado bien, pues somos nosotros mismos los que cerramos el candado de nuestras cadenas y acto seguido tiramos la llave libertadora a lo más profundo del negro abismo. Oscuro y plúmbeo socavón, cuya negra vestidura cosida está por la ignorancia y confeccionada por la desidia, en el que la única luz salvadora es la que irradia la razón. Razonemos y, consecuentemente, espantemos al fantasma de la ignorancia. No hay mayor libertad que la que da el conocimiento. Aquel que sabe, que conoce, que tiene un criterio ante la vida no caerá tan fácil, aunque su caída inevitable ya esté rubricada por las parcas. Todos y cada uno de nosotros, atribulados humanos, y todos los que han venido y vendrán, sucumbirán ante las garras de Plutón y Tánatos tanto física como moralmente. Nadie ha llegado, ni llegará, a un grado de perfección moral tal que sea digno de perdurar para siempre. Pero por una razón simple: la innata estupidez humana. Los hombres han creado y producido las más bellas obras de arte, los mejores libros y las más altas divagaciones morales, pero su carácter animal, instintivo y egoísta está latente, cual corazón delator, en cada uno de sus actos.


Racional o irracional, la raza humana tampoco puede ser libre como consecuencia a su esencia impuesta, prácticamente carente de cualquier atisbo de libertad. Nietzsche ya lo apuntaba: no seremos libres hasta que dejemos de sentir vergüenza de nosotros mismos. No se trata de dejar de sentir pudor hacia nuestra absurda especie o nuestros actos, sino de dejar de intentar vivir como aquello que no somos y, de una vez, ser como aquello que verdaderamente nos define y que está oculto por nuestra transitoria fachada, ahora en ruinas.

Otra vez más

Otra vez más


Comenzaba otro asqueroso día en el que el viento desapacible resonaba entre las frágiles hojas de los árboles, las cuales entonaban un siniestro cántico fúnebre. De nuevo, una vez más, subí las escaleras de mi instituto, el mismo en el que llevaba seis años que me parecieron siglos por lo eternos que transcurrían allí los días, las semanas, los meses. Llegué al último piso del inmenso edificio, con la misma pesadez en las piernas que llevaba notando bastante tiempo atrás. La misma rutina tediosa que me invadía todas las mañanas una vez más la volvía a sentir como una mano que se aferraba a mi cuello y me impedía respirar. Alcancé el final del pasillo de bachillerato y con emociones negativas contenidas, puse la mano en una de las jambas de la puerta, crucé el umbral y con la sonrisa más falsa que en ese momento pude poner, entré en la clase. La paz y quietud interior de mi ser se vieron superadas por el ruido infernal de mis veintisiete compañeros que parecían más bien una jauría de perros rabiosos. ¡Qué maravillosa esa sensación de entrar y ante una tribu de salvajes ser increpado por un “buenos días, cacho de mierda”. Otra vez más, y con el mismo ritual de todos los asquerosos días, me senté en mi silla y con pesadumbre esperé a que empezase otra clase sobre algo que jamás me ayudaría ni a vivir ni a llevar el pesado día a día. Pero qué más daba, aquello sólo eran las preocupaciones y dramas de un insignificante número de una lista infinita al que nadie recordará cuando haya muerto.  

Utopía

Utopía

Quisiera un día no tener que depender nada. No ser esclavo de alguien que no me merece; irme definitivamente de donde estoy, correr como nunca he corrido, huir campo a través, perderme... y de inmediato encontrarme. Sólo quiero llegar a la cima de una colina, tirarme en la hierba y que al anochecer las negras nubes desaparezcan y únicamente estemos allí la Luna y yo, para que ella me arrope con su blanco resplandor y yo la corresponda con mi fiel compañía; y ojalá así me vuelva a sentir seguro, me vuelva a sentir libre, me vuelva a sentir persona. Harto estoy de la gente, de sus gilipolleces y sus sinsentidos. Mas vivir así, como yo quiero, no es más que otra utopía.  

Tarde gris de noviembre

Tarde gris de noviembre

Aquella tarde gris de noviembre me desperté sobresaltado. No tenía camiseta, y una fría e incómoda gota de sudor recorrió mi espalda llena vergonzosas heridas. Llevaba durmiendo un tiempo inexacto y estaba aturdido. El cielo plúmbeo acompañó a mi lento y pesado caminar desde mi habitación hacia cualquier lugar de la casa, haciéndome paso a base de cansadas patadas entre botellas de cristal vacías provenientes de una asquerosa bacanal solitaria de la que apenas mantenía recuerdos. A decir verdad, no recordaba nada ni de la noche anterior ni de mi vida en general, pues no sentía que nada de lo vivido fuera merecedor de ser recordado. Cuando llegué a la mitad del corredor contiguo a mi habitación, justo a la altura de un antiguo espejo, una náusea invadió mi cuerpo y un rostro pálido, con una expresión de infinita angustia y los ojos pintados de maquillaje negro corrido, apareció en la superficie del espejo del largo y angosto pasillo. Por más que fijaba la atención en aquel rostro, no conseguía saber quién era. Sus ojos oscuros, en otro tiempo alegres, con sus pupilas dilatadas y atentas se fijaban en los míos y yo en los suyos. Aquella forma pseudohumana era yo, mas no conseguía identificarme, pues tampoco sabía (y sigo sin saber) quién era.

Tras largas cavilaciones que me parecieron durar horas, aunque el reloj con su agobiante tic tac sólo marcase unos fugaces segundos, y motivado por el insoportable hastío de una vida vacía y carente de sentido, mi mano temblorosa, dentro de un riguroso silencio que sólo podía presagiar lo peor, fue palpando el interior del bolsillo derecho hasta encontrar y agarrar vacilante el objeto que allí se hallaba. Alcé la mano muy lentamente desde mi cadera hacia mi cabeza, fijando mi atención en cada movimiento que mis músculos hacían. Cerré los ojos cuando sentí en mi cabeza desnuda el frío metálico de aquello que mi mano derecha sostenía. Apreté ojos con una fuerza increíble, contuve la respiración y me preparé, pues ya estaba listo. La angustiosa calma y el odioso silencio en una fracción de vida se vieron resquebrajados por un fugaz apretar de gatillo, a la vez que una luz tan cegadora como mortal invadió la solitaria estancia. La sangre brotaba a borbotones por mis sienes, y las lágrimas, aquellas que jamás salieron ni de mis ojos ni de mi alma, comenzaron a recorrer mis mejillas. Miré por última vez al espejo, que estaba roto por el impacto accidental de la bala, despedazado en mil partes y, en aquella vorágine de deformados espejos que sólo mostraban una grotesca representación de la realidad, conseguí reconocer aquella faz, ahora demacrada y con un orificio de sien a sien. Aquel era yo, viendo cómo todo seguía su inexorable paso. Cuando estaba sentenciado, acabado, muerto y verme allí reflejado tuve el único atisbo de esperanza de mi vida. Mi cabeza de pronto tocó el suelo y una tranquilizante oscuridad cubrió mi vida. Irónicamente, o quizás no tanto el morir fue el único momento en el que realmente me sentí vivo.



No sé cómo ni por qué, pero desperté un tiempo después en mi cama al rozar un agresivo rayo de sol mis oscuros ojos. No tenía marcas de nada de lo que sucedió en el pasillo. Puede que a mi reloj de arena aún le quedase tiempo que medir y a mi mente momentos que sufrir. Lloré amargamente, y las lágrimas a la vez que calaban la almohada y mi alma, me daban a entender que aquel sufrimiento jamás acabaría. 

Tic, tac, tic, tac

Tic, tac, tic, tac

Tic, tac, tic, tac. La insistencia del reloj me persigue en mi anodinos segundos. Me martillea una y otra vez las sienes socavándome el ánimo y agotando mi paciencia. Tic, tac, tic, tac. La afilada y esbelta aguja se mueve, con su inexorable y monótono paso, por toda la Esfera. Tic, tac, tic, tac. Pasa una y otra vez por el mismo lado, pero sin parecer darse cuenta. Normal, no tiene conciencia de sí misma. No se mueve por decisión propia, sino por la del Mecanismo. Tic, tac, tic, tac. Mi sombra, la sombra de la manecilla, es la única que camina detrás de mí. Soledad. Sí, estoy solo. Solo y abandonado a mi suerte en una ruidosa multitud que sólo me ofrece eso: ruido. Tic, tac, tic, tac. La obstinada onomatopeya me ahoga, me afixia, me mata. Tic, tac, tic,... Silencio ¿Y el Tac? ¿Dónde está el Tac? No lo oigo. Oigo a mi corazón, oigo a la multitud, pero no oigo el reloj. Felicidad. Sí, esto debe de ser a lo que llaman felicidad. ¡Soy libre! ¡Ya no tengo que girar más alrededor de esa estúpida esfera! ¡Un momento!... Ningún componente del reloj se mueve. Todo está quieto, detenido, sereno, con esa angustiosa calma que presagia el desastre. No oigo nada. Sólo se oye el sonido del silencio... Silencio... Silencio... ¿Estaré muerto? ¿Es por eso por lo que no oigo el infernal Tac? Sí, esto es. Estoy muerto. Mi insignificante vida ha terminado... ¡TAC! El estrépito rompe la calma. No hay quietud, no hay silencio, sólo hay tic, tac. El ritmo es frenético, la velocidad se ha adueñado de todo. tic, tac, tic, tac, tic, tac ¡Calla, ruido infernal! tic, tac, tic, tac, tic, tac ¡Calla, ruido ensordecedor! tic, tac, tic, tac, tic, tac. ¡Calla, eco de mi vida vacía!  tic, tac, tic, tac, tic, tac. Sí, estoy seguro. Ahora es cuando realmente estoy muerto. El ruido de la gente es el que me mata; y mientras que viva estaré muerto.