El Día de Año Nuevo
Año Nuevo. ¿Y qué? Sólo hemos pasado de un frío diciembre a un
gélido enero. Nada nuevo. Un toque de campanada es lo único que os
hace recobrar la ilusión. ¿Ilusión? Hace ya tiempo que la perdí.
La perdí ante la vida y la perdí ante ti. Tú, mi yo descarrilado.
Yo, tu yo perdido. Nos conocemos, hablamos, reímos, sentimos, todo
esto juntos, ¿y para qué? Para que yo me ilusione, me vea contigo
por siempre, viviendo de tus cálidos besos y burlándome de la vida
yendo cogido de tu mano, y tú, de repente, sin motivo comprensible,
desaparezcas, te esfumes, no dirijas más tus livianas pero sanadoras
palabras hacia mi alma. Aún no has volado de mi mente ni de mi vida,
pero lo harás. Tengo esa certeza. No eres el primero que lo hace,
tranquilo. Tampoco serás el último. Eres perfecto, sí, lo eres. Lo
eres en todos y cada uno de los sentidos, pero sobre todo lo eres en
uno: eres perfecto para hacer que pierda la ilusión si algún día
te pierdo a ti. Sobreviví, es cierto, a otras desilusiones. Pero tu
desilusión no va a ser como las demás. Simplemente, porque no eres
como los demás.
Perfectamente podrías ser ese billete de tren que me lleve lejos,
muy lejos. Que me lleve a conocerte, que me lleve a conocerme, que me
lleve hacia donde realmente quiero ir. Pero tú eres el maquinista y
tú decidirás tarde o temprano que el tren ya ha llegado a su
destino sin ni siquiera haber salido de la estación.
Pese a eso, feliz viaje. Feliz año. Te quiero, aunque ojalá nunca
te hubiera conocido, sé que perderte me va a doler más que perder a
nadie.