Conciencia
Dentro de mi cabeza se agolpaban los más horribles pensamientos que
jamás tuve. Le miraba fijamente. Mis ojos marrones, con las pupilas
extraordinariamente dilatadas por la bella situación que imaginaba,
se fijaban en cada parte de su cara pegada a ese jadeante cuerpo. Su
nariz aguileña me enervaba, sus rasgos chulescos sacaban lo peor de
mí, y lo que más detestaba eran sus horribles ojos grises, los
mismos que me vieron sufrir y no fueron capaz de ayudarme jamás.
Ahora él estaba ahí, tirado en el suelo, ensangrentado a causa de
los feroces golpes que le di sin parar. El odio que sentía hacia
aquella persona era inefable, indescriptible. No creo que haya
palabra lo suficientemente vil que sirva para representar la mínima
parte de mis pensamientos en aquel momento. Estaba pidiendo
clemencia, piedad, perdón; cuando él jamás tuvo de eso. Vi en sus
ojos el miedo, la inseguridad y la desesperanza que él mismo
ignoraba de aquellos a quienes robaba, a quienes maltrataba, a
quienes violaba. Se merecía la peor de las muertes.
Le asesté una
patada fortísima en la cabeza, con la que seguramente le dejé
inconsciente. Me di la vuelta en dirección a mi mochila y saqué de
ahí una pistola, cuyo brillo metálico relucía bajo la luz de la
luna. La cargué con una única bala y la guardé en mi bolsillo. Le
agarré del pelo, le giré la cabeza y le puse bocabajo. De nuevo, la
saqué. Apunté con los brazos rígidos a la parte superior de su
nuca cuando de pronto comenzó a llover. El frío resplandor de la
pistola desapareció mientras yo seguía inmóvil, apuntando a su
cabeza. Un ligero movimiento de mi dedo separaba su vida de su
muerte.
Estaba allí y aquel era el momento idóneo. Él, indefenso; yo,
armado y cansado de su existencia. Pero no pude. Mi estúpida moral,
la cual defendí durante años férreamente, me impedía hacerlo.
Lancé al cielo un grito de furia e impotencia que me desgarró la
garganta.
En un infinito y misericorde acto, me marché; no sin antes
propiciarle un severo golpe en la cara mientras la lluvia mojaba su
cuerpo lleno de sangre.
Desde aquella noche no le volví a ver. Me mudé a la mañana
siguiente a una ciudad cercana, aunque lo suficientemente lejos, y
jamás oí nada acerca de la paliza en los informativos. He de
suponer que sobrevivió, puesto que es lo que siempre hace el mal.
Durante mucho tiempo tuve pesadillas noche tras noche, pero ninguna
relacionada con el incidente. Supongo que mi conciencia estaba
tranquila.