martes, 29 de noviembre de 2016

Conciencia

Conciencia

Dentro de mi cabeza se agolpaban los más horribles pensamientos que jamás tuve. Le miraba fijamente. Mis ojos marrones, con las pupilas extraordinariamente dilatadas por la bella situación que imaginaba, se fijaban en cada parte de su cara pegada a ese jadeante cuerpo. Su nariz aguileña me enervaba, sus rasgos chulescos sacaban lo peor de mí, y lo que más detestaba eran sus horribles ojos grises, los mismos que me vieron sufrir y no fueron capaz de ayudarme jamás.

Ahora él estaba ahí, tirado en el suelo, ensangrentado a causa de los feroces golpes que le di sin parar. El odio que sentía hacia aquella persona era inefable, indescriptible. No creo que haya palabra lo suficientemente vil que sirva para representar la mínima parte de mis pensamientos en aquel momento. Estaba pidiendo clemencia, piedad, perdón; cuando él jamás tuvo de eso. Vi en sus ojos el miedo, la inseguridad y la desesperanza que él mismo ignoraba de aquellos a quienes robaba, a quienes maltrataba, a quienes violaba. Se merecía la peor de las muertes. 

Le asesté una patada fortísima en la cabeza, con la que seguramente le dejé inconsciente. Me di la vuelta en dirección a mi mochila y saqué de ahí una pistola, cuyo brillo metálico relucía bajo la luz de la luna. La cargué con una única bala y la guardé en mi bolsillo. Le agarré del pelo, le giré la cabeza y le puse bocabajo. De nuevo, la saqué. Apunté con los brazos rígidos a la parte superior de su nuca cuando de pronto comenzó a llover. El frío resplandor de la pistola desapareció mientras yo seguía inmóvil, apuntando a su cabeza. Un ligero movimiento de mi dedo separaba su vida de su muerte.
Estaba allí y aquel era el momento idóneo. Él, indefenso; yo, armado y cansado de su existencia. Pero no pude. Mi estúpida moral, la cual defendí durante años férreamente, me impedía hacerlo. Lancé al cielo un grito de furia e impotencia que me desgarró la garganta.

En un infinito y misericorde acto, me marché; no sin antes propiciarle un severo golpe en la cara mientras la lluvia mojaba su cuerpo lleno de sangre.


Desde aquella noche no le volví a ver. Me mudé a la mañana siguiente a una ciudad cercana, aunque lo suficientemente lejos, y jamás oí nada acerca de la paliza en los informativos. He de suponer que sobrevivió, puesto que es lo que siempre hace el mal. Durante mucho tiempo tuve pesadillas noche tras noche, pero ninguna relacionada con el incidente. Supongo que mi conciencia estaba tranquila.  

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