Tarde gris de noviembre
Aquella tarde gris de noviembre me desperté sobresaltado. No tenía
camiseta, y una fría e incómoda gota de sudor recorrió mi espalda
llena vergonzosas heridas. Llevaba durmiendo un tiempo inexacto y
estaba aturdido. El cielo plúmbeo acompañó a mi lento y pesado
caminar desde mi habitación hacia cualquier lugar de la casa,
haciéndome paso a base de cansadas patadas entre botellas de cristal
vacías provenientes de una asquerosa bacanal solitaria de la que
apenas mantenía recuerdos. A decir verdad, no recordaba nada ni de
la noche anterior ni de mi vida en general, pues no sentía que nada
de lo vivido fuera merecedor de ser recordado. Cuando llegué a la
mitad del corredor contiguo a mi habitación, justo a la altura de un
antiguo espejo, una náusea invadió mi cuerpo y un rostro pálido,
con una expresión de infinita angustia y los ojos pintados de
maquillaje negro corrido, apareció en la superficie del espejo del
largo y angosto pasillo. Por más que fijaba la atención en aquel
rostro, no conseguía saber quién era. Sus ojos oscuros, en otro
tiempo alegres, con sus pupilas dilatadas y atentas se fijaban en los
míos y yo en los suyos. Aquella forma pseudohumana era yo, mas no
conseguía identificarme, pues tampoco sabía (y sigo sin saber)
quién era.
Tras largas cavilaciones que me parecieron durar horas,
aunque el reloj con su agobiante tic tac sólo marcase unos fugaces
segundos, y motivado por el insoportable hastío de una vida vacía y
carente de sentido, mi mano temblorosa, dentro de un riguroso
silencio que sólo podía presagiar lo peor, fue palpando el interior
del bolsillo derecho hasta encontrar y agarrar vacilante el objeto
que allí se hallaba. Alcé la mano muy lentamente desde mi cadera
hacia mi cabeza, fijando mi atención en cada movimiento que mis
músculos hacían. Cerré los ojos cuando sentí en mi cabeza desnuda
el frío metálico de aquello que mi mano derecha sostenía. Apreté
ojos con una fuerza increíble, contuve la respiración y me preparé,
pues ya estaba listo. La angustiosa calma y el odioso silencio
en una fracción de vida se vieron resquebrajados por un fugaz
apretar de gatillo, a la vez que una luz tan cegadora como mortal
invadió la solitaria estancia. La sangre brotaba a borbotones por
mis sienes, y las lágrimas, aquellas que jamás salieron ni
de mis ojos ni de mi alma, comenzaron a recorrer mis mejillas.
Miré por última vez al espejo, que estaba roto por el impacto
accidental de la bala, despedazado en mil partes y, en aquella
vorágine de deformados espejos que
sólo mostraban una grotesca representación de la realidad,
conseguí reconocer aquella faz, ahora
demacrada y con un orificio de sien a sien.
Aquel era yo, viendo cómo todo seguía su
inexorable paso. Cuando estaba sentenciado, acabado, muerto y
verme allí reflejado tuve el único atisbo de esperanza de mi
vida. Mi cabeza de pronto tocó el suelo y una tranquilizante
oscuridad cubrió mi vida. Irónicamente, o quizás no tanto el morir fue el
único momento en el que realmente me sentí vivo.
No sé cómo ni por qué, pero desperté un tiempo después en mi
cama al rozar un agresivo rayo de sol mis oscuros ojos. No tenía
marcas de nada de lo que sucedió en el pasillo. Puede que a mi reloj
de arena aún le quedase tiempo que medir y a mi mente momentos que
sufrir. Lloré amargamente, y las lágrimas a la vez que calaban la
almohada y mi alma, me daban a entender que aquel sufrimiento jamás
acabaría.
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