jueves, 24 de noviembre de 2016

Tarde gris de noviembre

Tarde gris de noviembre

Aquella tarde gris de noviembre me desperté sobresaltado. No tenía camiseta, y una fría e incómoda gota de sudor recorrió mi espalda llena vergonzosas heridas. Llevaba durmiendo un tiempo inexacto y estaba aturdido. El cielo plúmbeo acompañó a mi lento y pesado caminar desde mi habitación hacia cualquier lugar de la casa, haciéndome paso a base de cansadas patadas entre botellas de cristal vacías provenientes de una asquerosa bacanal solitaria de la que apenas mantenía recuerdos. A decir verdad, no recordaba nada ni de la noche anterior ni de mi vida en general, pues no sentía que nada de lo vivido fuera merecedor de ser recordado. Cuando llegué a la mitad del corredor contiguo a mi habitación, justo a la altura de un antiguo espejo, una náusea invadió mi cuerpo y un rostro pálido, con una expresión de infinita angustia y los ojos pintados de maquillaje negro corrido, apareció en la superficie del espejo del largo y angosto pasillo. Por más que fijaba la atención en aquel rostro, no conseguía saber quién era. Sus ojos oscuros, en otro tiempo alegres, con sus pupilas dilatadas y atentas se fijaban en los míos y yo en los suyos. Aquella forma pseudohumana era yo, mas no conseguía identificarme, pues tampoco sabía (y sigo sin saber) quién era.

Tras largas cavilaciones que me parecieron durar horas, aunque el reloj con su agobiante tic tac sólo marcase unos fugaces segundos, y motivado por el insoportable hastío de una vida vacía y carente de sentido, mi mano temblorosa, dentro de un riguroso silencio que sólo podía presagiar lo peor, fue palpando el interior del bolsillo derecho hasta encontrar y agarrar vacilante el objeto que allí se hallaba. Alcé la mano muy lentamente desde mi cadera hacia mi cabeza, fijando mi atención en cada movimiento que mis músculos hacían. Cerré los ojos cuando sentí en mi cabeza desnuda el frío metálico de aquello que mi mano derecha sostenía. Apreté ojos con una fuerza increíble, contuve la respiración y me preparé, pues ya estaba listo. La angustiosa calma y el odioso silencio en una fracción de vida se vieron resquebrajados por un fugaz apretar de gatillo, a la vez que una luz tan cegadora como mortal invadió la solitaria estancia. La sangre brotaba a borbotones por mis sienes, y las lágrimas, aquellas que jamás salieron ni de mis ojos ni de mi alma, comenzaron a recorrer mis mejillas. Miré por última vez al espejo, que estaba roto por el impacto accidental de la bala, despedazado en mil partes y, en aquella vorágine de deformados espejos que sólo mostraban una grotesca representación de la realidad, conseguí reconocer aquella faz, ahora demacrada y con un orificio de sien a sien. Aquel era yo, viendo cómo todo seguía su inexorable paso. Cuando estaba sentenciado, acabado, muerto y verme allí reflejado tuve el único atisbo de esperanza de mi vida. Mi cabeza de pronto tocó el suelo y una tranquilizante oscuridad cubrió mi vida. Irónicamente, o quizás no tanto el morir fue el único momento en el que realmente me sentí vivo.



No sé cómo ni por qué, pero desperté un tiempo después en mi cama al rozar un agresivo rayo de sol mis oscuros ojos. No tenía marcas de nada de lo que sucedió en el pasillo. Puede que a mi reloj de arena aún le quedase tiempo que medir y a mi mente momentos que sufrir. Lloré amargamente, y las lágrimas a la vez que calaban la almohada y mi alma, me daban a entender que aquel sufrimiento jamás acabaría. 

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