Sinfonía
Vital
Era aquella una aburrida tarde de noviembre. Creo recordar que era jueves, pero daba igual el día que fuera pues todos los días me
parecían iguales, como si se repitieran cíclicamente una y otra vez a lo lo largo
de los años.
Me tumbé pesadamente en la cama y dejé puesta la lista de
reproducción de mi música en el ordenador. Tras algunas canciones lentas, e inspirado
por el eterno aburrimiento, me quedé dormido. Tiempo después, unos intensos compases me despertaron. Música celestial llegó a mis oídos. Era el segundo movimiento de
la Novena Sinfonía de Beethoven, mi canción favorita. Una mezcla de
éxtasis y felicidad invadió mi cuerpo en forma de un escalofrío
que puso de punta todos los pelos de mi cuerpo. Percibía cada
compás, cada nota, cada redoble en mi alma con una intensidad
orgásmica... pero pese a que estaba oyendo la que era la más
magnífica de las obras, las más excelsa de las composiciones,
sentía que ya la había oído demasiadas veces. Sabía perfectamente
qué iba después de cada nota, nada era nuevo para mí. Hubo un
momento en el que pensé: odio esta estúpida canción. Sin saber
todavía por qué, hastiado ya de la estridente melodía, me levanté
y apagué los altavoces. Tras un instante de reflexión, volví a la cama en silencio y con la cabeza gacha. Me quedé
mirando al techo con infinita tristeza y empezaron a brotar un millón de lágrimas
de mis ojos, pues en ese momento descubrí que de lo que estaba harto
no era de aquella colosal sinfonía, sino que lo que odiaba, hastiaba
y me repelía era la monótona y aburrida vida.
De pronto, oí pasos. Sequé como pude aquel mar de lágrimas que
cubría mi rostro y acto seguido mi madre abrió la puerta de la habitación.
“Hola, Jorge, ¿qué tal estás?”, preguntó. “Muy bien”,
respondí. “Estoy escuchando mi canción favorita”. Y una fugaz lágrima rodeó mis labios.
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