Gota De
Lluvia
Era aquel día otro como tantos: un día de mierda. Inexorable e
involuntariamente había dañado a alguien a quien quería.
Inmensamente deprimido, salí a la calle, pues me agobiaba en aquel
zulo que era mi casa.
De repente, una gota de lluvia cayó sobre mi
zapatilla. Bajé la mirada y allí estaba el rastro mojado que
auguraba una tarde lluviosa como otras tantas aquel mes. Paré mi
caminar y contemplé la marca que la gota había dejado impresa en la
tela azul de la zapatilla. La forma que allí había era
bellísima, totalmente simétrica, como si un demiurgo hubiera estado
colocando cada átomo de la gota para que al caer formase esa bella
estampa para mí. Y, sin saber por qué, aquella insignificante gota
produjo en mí una cierto sentimiento de esperanza y puede que una cierta alegría; cosas que hacía demasiado tiempo que no sentía.
Mientras contemplaba aquella visión casi onírica, un ruidoso trueno
desvió mi atención y me obligó a alzar la cabeza. Nubes negras,
como lo más profundo del alma de algunas personas, se arremolinaban
encima de mí. De pronto, sin que lo esperase, en una fracción de
segundo, empezó a llover de manera colosal. Notaba cómo las gotas
golpeaban violentamente mi rostro y algunas se colaban dentro mi
ropa. Al sentir cómo caían cerca de mis pies, me acordé de la primera gota. De nuevo bajé la
cabeza y un sentimiento de decepción y pesadez me invadió al ver
que su perfecto dibujo había quedado oculto por la constante caída de
más y más gotas sobre mi zapatilla. Sentía un frío enorme, pues la gélida lluvia me estaba calando.
“Qué fugaces son los momentos de
alegría”, pensé con tristeza. Y con paso lento avancé hasta
un banco de madera cercano; me senté y, mientras la intensa lluvia
seguía mojándome el pelo, la ropa y el alma, agaché la
cabeza y comencé a llorar. Mis pesadas lágrimas caían y quedaban camufladas al ser ahora parte del río que formó aquella fría lluvia de noviembre.
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