sábado, 26 de noviembre de 2016

Gota De Luvia

Gota De Lluvia


Era aquel día otro como tantos: un día de mierda. Inexorable e involuntariamente había dañado a alguien a quien quería. Inmensamente deprimido, salí a la calle, pues me agobiaba en aquel zulo que era mi casa. 

De repente, una gota de lluvia cayó sobre mi zapatilla. Bajé la mirada y allí estaba el rastro mojado que auguraba una tarde lluviosa como otras tantas aquel mes. Paré mi caminar y contemplé la marca que la gota había dejado impresa en la tela azul de la zapatilla. La forma que allí había era bellísima, totalmente simétrica, como si un demiurgo hubiera estado colocando cada átomo de la gota para que al caer formase esa bella estampa para mí. Y, sin saber por qué, aquella insignificante gota produjo en mí una cierto sentimiento de esperanza y puede que una cierta alegría; cosas que hacía demasiado tiempo que no sentía.

Mientras contemplaba aquella visión casi onírica, un ruidoso trueno desvió mi atención y me obligó a alzar la cabeza. Nubes negras, como lo más profundo del alma de algunas personas, se arremolinaban encima de mí. De pronto, sin que lo esperase, en una fracción de segundo, empezó a llover de manera colosal. Notaba cómo las gotas golpeaban violentamente mi rostro y algunas se colaban dentro mi ropa. Al sentir cómo caían cerca de mis pies, me acordé de la primera gota. De nuevo bajé la cabeza y un sentimiento de decepción y pesadez me invadió al ver que su perfecto dibujo había quedado oculto por la constante caída de más y más gotas sobre mi zapatilla. Sentía un frío enorme, pues la gélida lluvia me estaba calando. 

“Qué fugaces son los momentos de alegría”, pensé con tristeza. Y con paso lento avancé hasta un banco de madera cercano; me senté y, mientras la intensa lluvia seguía mojándome el pelo, la ropa y el alma, agaché la cabeza y comencé a llorar. Mis pesadas lágrimas caían y quedaban camufladas al ser ahora parte del río que formó aquella fría lluvia de noviembre.

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