Otra vez más
Comenzaba otro asqueroso día en el que el viento desapacible
resonaba entre las frágiles hojas de los árboles, las cuales
entonaban un siniestro cántico fúnebre. De nuevo, una vez más,
subí las escaleras de mi instituto, el mismo en el que llevaba seis
años que me parecieron siglos por lo eternos que transcurrían allí
los días, las semanas, los meses. Llegué al último piso del
inmenso edificio, con la misma pesadez en las piernas que llevaba
notando bastante tiempo atrás. La misma rutina tediosa que me
invadía todas las mañanas una vez más la volvía a sentir como una
mano que se aferraba a mi cuello y me impedía respirar. Alcancé el
final del pasillo de bachillerato y con emociones negativas
contenidas, puse la mano en una de las jambas de la puerta, crucé el
umbral y con la sonrisa más falsa que en ese momento pude poner,
entré en la clase. La paz y quietud interior de mi ser se vieron
superadas por el ruido infernal de mis veintisiete compañeros que
parecían más bien una jauría de perros rabiosos. ¡Qué
maravillosa esa sensación de entrar y ante una tribu de salvajes ser
increpado por un “buenos días, cacho de mierda”. Otra vez más,
y con el mismo ritual de todos los asquerosos días, me senté en mi
silla y con pesadumbre esperé a que empezase otra clase sobre algo
que jamás me ayudaría ni a vivir ni a llevar el pesado día a día.
Pero qué más daba, aquello sólo eran las preocupaciones y dramas
de un insignificante número de una lista infinita al que nadie recordará cuando
haya muerto.
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