jueves, 24 de noviembre de 2016

Otra vez más

Otra vez más


Comenzaba otro asqueroso día en el que el viento desapacible resonaba entre las frágiles hojas de los árboles, las cuales entonaban un siniestro cántico fúnebre. De nuevo, una vez más, subí las escaleras de mi instituto, el mismo en el que llevaba seis años que me parecieron siglos por lo eternos que transcurrían allí los días, las semanas, los meses. Llegué al último piso del inmenso edificio, con la misma pesadez en las piernas que llevaba notando bastante tiempo atrás. La misma rutina tediosa que me invadía todas las mañanas una vez más la volvía a sentir como una mano que se aferraba a mi cuello y me impedía respirar. Alcancé el final del pasillo de bachillerato y con emociones negativas contenidas, puse la mano en una de las jambas de la puerta, crucé el umbral y con la sonrisa más falsa que en ese momento pude poner, entré en la clase. La paz y quietud interior de mi ser se vieron superadas por el ruido infernal de mis veintisiete compañeros que parecían más bien una jauría de perros rabiosos. ¡Qué maravillosa esa sensación de entrar y ante una tribu de salvajes ser increpado por un “buenos días, cacho de mierda”. Otra vez más, y con el mismo ritual de todos los asquerosos días, me senté en mi silla y con pesadumbre esperé a que empezase otra clase sobre algo que jamás me ayudaría ni a vivir ni a llevar el pesado día a día. Pero qué más daba, aquello sólo eran las preocupaciones y dramas de un insignificante número de una lista infinita al que nadie recordará cuando haya muerto.  

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