jueves, 24 de noviembre de 2016

Libres mentiras

Libres mentiras

Insistentemente el vulgo repite el mantra "¡Soy libre!". ¿Realmente lo sois, vástagos desdeñados por vuestra madre Libertad? ¿Acaso os creeis esa patraña? ¿Tan ciegos estáis que no veis que esclavos sois? Sí, sois esclavos. Pero, ¡ah!. No lleváis pesadas cadenas de hierro. He ahí la diferencia. Lleváis pesadas cadenas morales. Pero no estáis condenados: estáis predestinados; ligados a una posterioridad incierta. Vuestro oscuro futuro ya está escrito; pero no por vosotros, insípidos humanos, sino por ellos. Por aquellos que os hacen creer libres dentro de una jaula. Aquellos que os cortan las alas para que jamás podáis volar. Pero pedidles justificación de vuestro cautiverio. ¿Os la darán? Obvio parece que no. ¿Por qué? Porque no veo, no veis, no vemos que estamos atados, y es imposible luchar contra aquello que se ignora. ¿Cómo pretedemos medrar, avanzar y progresar y si somos nosotros mismos quienes nos ponemos la venda en los ojos ante el pelotón de fusilamiento y obligamos con un grito a que nos den el tiro de gracia? Entes dotados de razón, abrid los ojos, quitaos el jirón y juntos disparemos al opresor de nuestra libertad. Pero para valernos por nosotros mismos, sin una persona que nos dirija, hemos de tener una sola cosa: razón ¿Acaso una libertad que no es guiada por la razón no es la peor de las esclavitudes?

Pero la más penosa de las desgracias, el carecer de razón y libertad, pasa desapercibida por la ruidosa multitud ("Alguien que grita es incapaz de pensar sobre asuntos sutiles", decía Nietzsche). ¡Pero qué más da! ¡Tenemos panem et circenses! Encendamos las televisiones, atiborrémonos a transgénicos y tapemos así los silencios de nuestra vacía existencia. La verborrea absurda del televisor consigue imponerse a nuestros incómodos ecos interiores que reclaman libertad y razón. ¡Dejémonos, pues, manejar! ¿No es, acaso, más fácil?. Ya dijo Nietzsche que "sólo escuchamos preguntas para las que somos capaz de encontrar respuesta". Y así es como nos encontramos, sordos ante nuestra alma que grita y pide las respuestas de su injusto cautiverio.

Uno no se pone debajo del yugo si no quiere. Pero, ¡ah!, resulta una verdad tan incómoda esa que nos hace darnos cuenta de que nosotros somos los únicos responsables de que esa venda cubra nuestros ojos... Es más cómodo sentarse, hacer lo que la gente considera normal y decir (y por tanto, asumir) que nuestros estragos vitales son culpa de otro. Un otro lejano y abstracto que sin embargo conocemos demasiado bien, pues somos nosotros mismos los que cerramos el candado de nuestras cadenas y acto seguido tiramos la llave libertadora a lo más profundo del negro abismo. Oscuro y plúmbeo socavón, cuya negra vestidura cosida está por la ignorancia y confeccionada por la desidia, en el que la única luz salvadora es la que irradia la razón. Razonemos y, consecuentemente, espantemos al fantasma de la ignorancia. No hay mayor libertad que la que da el conocimiento. Aquel que sabe, que conoce, que tiene un criterio ante la vida no caerá tan fácil, aunque su caída inevitable ya esté rubricada por las parcas. Todos y cada uno de nosotros, atribulados humanos, y todos los que han venido y vendrán, sucumbirán ante las garras de Plutón y Tánatos tanto física como moralmente. Nadie ha llegado, ni llegará, a un grado de perfección moral tal que sea digno de perdurar para siempre. Pero por una razón simple: la innata estupidez humana. Los hombres han creado y producido las más bellas obras de arte, los mejores libros y las más altas divagaciones morales, pero su carácter animal, instintivo y egoísta está latente, cual corazón delator, en cada uno de sus actos.


Racional o irracional, la raza humana tampoco puede ser libre como consecuencia a su esencia impuesta, prácticamente carente de cualquier atisbo de libertad. Nietzsche ya lo apuntaba: no seremos libres hasta que dejemos de sentir vergüenza de nosotros mismos. No se trata de dejar de sentir pudor hacia nuestra absurda especie o nuestros actos, sino de dejar de intentar vivir como aquello que no somos y, de una vez, ser como aquello que verdaderamente nos define y que está oculto por nuestra transitoria fachada, ahora en ruinas.

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