¡Campanas, tañed!
Abrí la ventana. Una multitud, entre la que
distinguía a amigos y conocidos, se dirigía en sepulcral silencio
hacia las afueras de la ciudad. Una poderosa nube se cernía sobre el
cerro en el que descansaba el cementerio. A medida que la masa
avanzaba sus rostros se desfiguraban, conviertiéndose, con el pasar
de sus pasos, en meros esqueletos desnudos ataviados con jirones de
carne. Bajé a la calle. Corrí tras ellos como pude, pues el caminar
de aquéllos era veloz. Cuando a su altura me fue posible ponerme, les
llamé por sus nombres. Les gritaba. Les imperaba atención. Pero el
mismo silencio del principio se imponía a mis desesperados gritos. Llegaron finalmente, con su paso raudo e inexorable,
a lo alto del cerro. Las puertas de la necrópolis se abrieron con un
estridente rechinar. Uno a uno fueron ocupando, en los nichos, huecos
y tumbas que sobre la triste hierba del recinto se agolpaban, sus
respectivos ataúdes. En letras negras sobre la madera se recitaba el
nombre de cada uno. Vi uno vacío en una esquina. Tenía mi nombre,
además de una fecha: la del día de mañana. Aterrado, grité. Bajé
corriendo, tropezando con todo lo que a mi paso encontraba.
No podía ser cierto aquello que veía. ¡Me negaba a asumirlo!
Calles vacías, casas deshabitadas, plazas desiertas. ¿A caso era el
único que no estaba ya ocupando su lecho eterno? No había nadie en
toda la ciudad, sólo yo.
Retomé las escaleras de mi oscura casa, pues ya era de noche. Sobre
mi escritorio, en el que había escrito las más excelsas
declaraciones de amor, las más preciosas palabras y los más bellos
versos, se hallaba una pequeña pistola. Sólo una bala había. Al
lado, a escasos centímetros, se extendía una nota. Me acerqué y
distinguí que aquella era mi impoluta caligrafía cursiva. Tu
féretro te aguarda, las campanas que oyes por ti ya doblan. ¡Qué
estúpida broma era aquella! ¡Qué desalmado la había hecho! Rompí
la nota y un millón de pedazos de papel cayeron al suelo. Abrí la
ventana y el afilado campanario de la iglesia llamó mi atención.
Con una solemnidad imponente la campana empezó a tañer. Eran las
doce de la noche. Tan. Primera campanada. Tan. Cerré
la ventana, con la esperanza de que no se oyera la tercera. Tan.
¿Se acercaba mi cuerpo a su caja final?. Tan. Callé, con la
esperanza de que no fuera aquello más que un fatal sueño. Tan.
Tan. Tan. Más de la mitad ya estaban cumplidas. Tan. Abrumado, me
senté en la silla del escritorio. Tan. Rompí a llorar
desesperado, pues vi reflejado en un espejo mi espectral entierro. Tan. Veía
horrorizado cómo el badajo azotaba los bordes de la campana. Tan.
Cogí con rabia el arma, pues no quería escuchar ni un solo
sonido más. E iban ya once. ¡Pam! No escuché ninguna
campanada más, pues el resoplar de la pistola en mi cabeza ocultó
aquel fatídico cantar.