martes, 6 de diciembre de 2016

Angustia

Angustia


¡Qué angustia! ¡Qué desesperación! ¡Qué agobio! Siento opresión en la cabeza. Frío y a la vez calor. Aburrimiento ante la vida. No paro de moverme por toda la habitación, inquieto, sin saber qué hacer, sin rumbo. Mi respiración agitada me estresa, pero no puedo detenerla. No puedo dormir, no puedo concentrarme; no puedo hacer nada. Mis rápidos pies van acompasados con mis veloces pensamientos. Pasan, pasan, pero ninguno da respuestas. Una sensación insoportable me invade el cuerpo ¿Qué es lo que siento? Imposible describirlo. Una tensión interior me impide pensar por claridad. Mis dedos golpean con fiereza las teclas del teclado mientras se retuercen en cuanto tienen tiempo. Miro una a una las cuatro esquinas de la habitación, esperando, en vano, encontrar allí respuesta a algo. No puedo más. Me levanto una vez más y al mismo tiempo que proyecto un grito a las esquinas, sin razón alguna, de un impulso lanzo al suelo todos los libros de la estantería, acto tras el cual me arrodillo con las manos en la cabeza a la vez que golpeo el suelo con los puños. ¿Es rabia contenida? ¿Algo reprimido dentro de mí? Yo que sé. Sólo quiero que esto se acabe ya. Ojalá vuelva a ser el alegre y vital chaval que era antes.

domingo, 4 de diciembre de 2016

La Cascada

La Cascada


El humano cae de la vida como la hoja cae de la rama. Infinitos vientos balancean el inestable árbol y hacen desprendernos dolorosamente, lanzándonos a la deriva, viendo como caemos hacia ningún lado. No hay arriba, no hay abajo. Sólo sentimos caer. Nos desprendemos de nuestra madre al nacer, nos desprendemos de nuestra esperanza al vivir. Una huracanada corriente nos llevará, sobrevolando la existencia, hasta un tranquilo río que nos apaciguará, mas temporalmente será, pues la cascada del final nos espera. Tras la cascada: oscuridad, alegría, vacío, felicidad, hastío, ansiedad, calma, angustia, decepción, éxtasis,... Muerte.  

¡Campanas, tañed!

¡Campanas, tañed!

Abrí la ventana. Una multitud, entre la que distinguía a amigos y conocidos, se dirigía en sepulcral silencio hacia las afueras de la ciudad. Una poderosa nube se cernía sobre el cerro en el que descansaba el cementerio. A medida que la masa avanzaba sus rostros se desfiguraban, conviertiéndose, con el pasar de sus pasos, en meros esqueletos desnudos ataviados con jirones de carne. Bajé a la calle. Corrí tras ellos como pude, pues el caminar de aquéllos era veloz. Cuando a su altura me fue posible ponerme, les llamé por sus nombres. Les gritaba. Les imperaba atención. Pero el mismo silencio del principio se imponía a mis desesperados gritos. Llegaron finalmente, con su paso raudo e inexorable, a lo alto del cerro. Las puertas de la necrópolis se abrieron con un estridente rechinar. Uno a uno fueron ocupando, en los nichos, huecos y tumbas que sobre la triste hierba del recinto se agolpaban, sus respectivos ataúdes. En letras negras sobre la madera se recitaba el nombre de cada uno. Vi uno vacío en una esquina. Tenía mi nombre, además de una fecha: la del día de mañana. Aterrado, grité. Bajé corriendo, tropezando con todo lo que a mi paso encontraba.

No podía ser cierto aquello que veía. ¡Me negaba a asumirlo! Calles vacías, casas deshabitadas, plazas desiertas. ¿A caso era el único que no estaba ya ocupando su lecho eterno? No había nadie en toda la ciudad, sólo yo.


Retomé las escaleras de mi oscura casa, pues ya era de noche. Sobre mi escritorio, en el que había escrito las más excelsas declaraciones de amor, las más preciosas palabras y los más bellos versos, se hallaba una pequeña pistola. Sólo una bala había. Al lado, a escasos centímetros, se extendía una nota. Me acerqué y distinguí que aquella era mi impoluta caligrafía cursiva. Tu féretro te aguarda, las campanas que oyes por ti ya doblan. ¡Qué estúpida broma era aquella! ¡Qué desalmado la había hecho! Rompí la nota y un millón de pedazos de papel cayeron al suelo. Abrí la ventana y el afilado campanario de la iglesia llamó mi atención. Con una solemnidad imponente la campana empezó a tañer. Eran las doce de la noche. Tan. Primera campanada. Tan. Cerré la ventana, con la esperanza de que no se oyera la tercera. Tan. ¿Se acercaba mi cuerpo a su caja final?. Tan. Callé, con la esperanza de que no fuera aquello más que un fatal sueño. Tan. Tan. Tan. Más de la mitad ya estaban cumplidas. Tan. Abrumado, me senté en la silla del escritorio. Tan. Rompí a llorar desesperado, pues vi reflejado en un espejo mi espectral entierro. Tan. Veía horrorizado cómo el badajo azotaba los bordes de la campana. Tan. Cogí con rabia el arma, pues no quería escuchar ni un solo sonido más. E iban ya once. ¡Pam! No escuché ninguna campanada más, pues el resoplar de la pistola en mi cabeza ocultó aquel fatídico cantar.